La noticia golpeó como un uppercut al hígado. Ernesto Cherquis Bialo, el hombre que hacía vibrar las palabras, el último periodista deportivo de pie, ha partido. No fue una simple muerte; fue el silenciamiento de una voz única, la extinción de una llama que iluminaba el deporte con una inteligencia y una sensibilidad inigualables.
Recuerdo la primera vez que lo vi en persona, en los pasillos de Infobae. El grito de “¡Rodri!” resonó, seguido de su figura, ligeramente encorvada por los años, pero con el pecho inflado por el orgullo del viejo porteñismo. Buscaba ayuda para teclear una nota urgente, pero más que eso, buscaba la compañía de aquellos a quienes había acogido en sus mesas nocturnas, compartiendo sabiduría, anécdotas y un amor incondicional por el periodismo.
Cherquis era un maestro en el arte de la descripción. Podía convertir un combate de boxeo desconocido en una epopeya, un gesto de Maradona en un símbolo, una simple sobremesa en un festín de historias. Su prosa era elegante, precisa, llena de matices y de pasión. Era Messi y Maradona de la pluma, capaz de crear obras maestras con cada frase. Su pañuelo, siempre perfectamente doblado en el bolsillo del saco oscuro, era un símbolo de su elegancia y de su meticulosidad.
Su análisis sobre Diego Armando Maradona, rescatado recientemente de un programa antiguo, es un ejemplo perfecto de su genialidad. No se limitó a describir sus jugadas o sus controversias; capturó la esencia del personaje, su complejidad, su humanidad. “¿Maradona?”, le preguntaron en vivo. “¿Cuál? ¿Usted cree Marcelo que hay un Maradona?”, respondió, y luego, con su voz inconfundible, dibujó en la mente de la audiencia un retrato inolvidable del astro argentino.

Cherquis no solo cubrió los grandes eventos deportivos; los vivió intensamente. Se sentó con Maradona en Cuba para escribir su biografía, estuvo a metros del ring cuando Monzón se consagró campeón del mundo y luego enfrentó la cárcel, acompañó a Ringo Bonavena en sus momentos más oscuros, bromeó con Muhammad Ali y presenció el histórico enfrentamiento entre Fischer y Spassky. Pero no se limitó a ser un espectador; fue un protagonista, un testigo privilegiado, un narrador excepcional.
Su talento no se limitaba a la escritura. Cherquis era un conversador brillante, un anfitrión generoso, un amigo leal. En las sobremesas, soltaba historias fascinantes, anécdotas picantes, reflexiones profundas. Era un pescador experto, capaz de enganchar a sus interlocutores con su ingenio y su carisma.
Batalló contra la enfermedad con valentía y dignidad, repitiendo siempre que, una vez superada la crisis, se reunirían para brindar. Tuvo la generosidad de considerar a muchos de sus colegas como amigos, de alentarlos a seguir adelante, de compartir su sabiduría. Nunca creímos que lo estábamos ayudando, pero siempre sentimos que la distancia entre ese genio y nosotros, los mortales, era mínima. Nos regaló la oportunidad de conocer a un talento excepcional, un prócer que merece un lugar en los libros de historia.
Quizás sea una falta de respeto a mis principios periodísticos escribir esto en primera persona, pero simplemente es una carta a un maestro, un mentor que nos enseñó a leer, a ir al cine, a charlar con amigos, a escuchar música, a ver teatro, a disfrutar de las sobremesas. Nos enseñó que el periodismo no es solo un oficio, sino un arte, una forma de ver el mundo y de compartirlo con los demás.
Cherquis se fue mientras su equipo, el Cuervo, estaba jugando. Un detalle que, sin duda, lo habría emocionado. Ojalá, algún día, podamos acercarnos a su arte, a su sensibilidad, a su pasión. Pero lo dudo mucho, porque se fue el último periodista deportivo que quedaba, el último maestro de la palabra, el último guardián de la memoria del deporte argentino. Buen viaje, Cherquis querido. Te vamos a extrañar profundamente.