La cordillera de los Andes, fuente de vida para millones de personas en Sudamérica, está experimentando una transformación dramática. Un estudio reciente ha revelado que el glaciar Echaurren Norte, ubicado en el corazón de Chile, ha perdido cerca del 65% de su superficie desde 1955, reduciéndose a tan solo 18 hectáreas. Lo que queda de este emblemático glaciar está fragmentado en tres secciones separadas, cubiertas por una gruesa capa de rocas y sedimentos, sin rastro visible de hielo limpio. Esta alarmante disminución no es un fenómeno aislado, sino una manifestación palpable de la crisis climática global que afecta a las montañas heladas de todo el mundo.
El estudio, publicado en la revista Annals of Glaciology y parte de la colección “Vanishing Glaciers” (Glaciares en Desaparición), destaca la importancia de Echaurren Norte como el glaciar con la serie de monitoreo más extensa del hemisferio sur. Más de cinco décadas de observaciones ininterrumpidas han permitido a los científicos reconstruir la historia de su transformación y comprender mejor los efectos del cambio climático en los ecosistemas de alta montaña. “El glaciar se estresó: entró en un desequilibrio muy marcado con el clima”, explica el geólogo Felipe Ugalde Peralta, especialista en glaciología de la Universidad de Chile y uno de los autores del estudio. “Es como con los anillos de un árbol muy grueso, la dendrocronología, pero con el glaciar vas trazando cómo han sido los distintos años: frío, seco, húmedo, cálido”.
La pérdida de Echaurren Norte no solo representa la desaparición de un valioso archivo natural, sino también una amenaza para el suministro de agua en la región. Este glaciar, ubicado en la cabecera de la cuenca del río Yeso, un afluente clave del río Maipo, actúa como un reservorio natural de agua dulce que se libera gradualmente durante los meses más secos. En años de baja precipitación, el agua proveniente del deshielo glaciar puede representar entre el 20% y el 40% del caudal de los ríos y arroyos, un aporte crucial para el abastecimiento de agua de la Región Metropolitana de Santiago, donde vive más de la mitad de la población chilena.

La situación se agrava aún más debido a la megasequía que ha afectado a Chile central durante los últimos 15 años. A pesar de algunos años húmedos, como el fenómeno de “El Niño Godzilla” en 2015, la tendencia general ha sido de disminución de las precipitaciones y aumento de las temperaturas, lo que ha acelerado el derretimiento del glaciar. “Si el glaciar continúa perdiendo masa al ritmo que lleva desde hace 15 años, va a desaparecer”, advierte Ugalde. “Y con ello no solo se perdería un indicador científico de clase mundial en los Andes centrales de Sudamérica, sino también una historia de más de cinco décadas de trabajo incesante de estudio”.
El cambio en la naturaleza del glaciar también plantea desafíos para su monitoreo. La cobertura de rocas y sedimentos que hoy domina su superficie dificulta la medición directa de su espesor y la instalación de estacas para registrar su evolución. Los científicos han tenido que recurrir a métodos indirectos, como radares de penetración, para estimar la cantidad de hielo que se encuentra bajo la superficie. Este cambio en la dinámica del glaciar refleja la complejidad del sistema climático y la necesidad de adaptar las estrategias de investigación y monitoreo.
La situación de Echaurren Norte es un claro ejemplo de lo que está ocurriendo con muchos otros glaciares andinos. La pérdida de estas reservas de agua dulce tiene implicaciones significativas para la seguridad hídrica de la región y para la adaptación al cambio climático. Es fundamental fortalecer la divulgación y la comunicación del rol que tienen los glaciares en el sistema hídrico, así como promover la adopción de medidas urgentes para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y mitigar los efectos del calentamiento global. La desaparición de Echaurren Norte no es solo una pérdida para la ciencia, sino una advertencia para toda la humanidad.