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Dentro de Chernóbil: El Hombre que Arriesga su Vida para Evitar Otra Catástrofe

Anatolii Doroshenko, un científico ucraniano, se adentra mensualmente en las entrañas de la central nuclear de Chernóbil, enfrentando altos niveles de radiación para asegurar que la zona permanezca estable y prevenir futuros desastres.

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Dentro de Chernóbil: El Hombre que Arriesga su Vida para Evitar Otra Catástrofe

La sombra de Chernóbil se extiende aún hoy, más de tres décadas después de la explosión que conmocionó al mundo. Mientras que la zona de exclusión se ha convertido en un extraño santuario para la vida silvestre, bajo la superficie, un equipo de científicos ucranianos continúa una labor silenciosa y peligrosísima: asegurar que la catástrofe no se repita. En el centro de esta misión se encuentra Anatolii Doroshenko, un investigador del Instituto para los Problemas de Seguridad de las Centrales Nucleares (ISPNPP), a quien muchos han apodado, no sin razón, el hombre con el trabajo más peligroso del mundo.

Doroshenko se adentra una vez al mes en el laberinto subterráneo bajo el reactor 4, el corazón de la explosión de 1986. A diez metros de profundidad, se encuentran los centros de control y monitoreo que, milagrosamente, sobrevivieron al desastre. Estos espacios, sin embargo, están lejos de ser seguros. Están saturados de contaminación y niveles de radiación que podrían ser letales en cuestión de minutos.

“Es como un gran laberinto bajo el reactor”, explica Doroshenko a la BBC. “El miedo te ayuda a mantener el control y seguir las indicaciones para asegurar bajas dosis de radiación”. Esta declaración revela una verdad fundamental sobre su trabajo: la gestión del miedo es tan importante como el conocimiento técnico. La capacidad de mantener la calma bajo presión, de seguir los protocolos al pie de la letra, es lo que le permite sobrevivir en un entorno tan hostil.

La amenaza es omnipresente. “Si te acostumbras al miedo, comienzas a ignorar que estás rodeado de radiación. Cualquier cosa, un guante, una pieza de metal, puede estar contaminado, aunque no lo notes”, advierte. Esta constante exposición a la radiación invisible exige una vigilancia extrema y una conciencia aguda de los peligros potenciales.

Su trabajo no es una simple inspección visual. Doroshenko y su equipo deben recorrer los pasillos, recoger datos, instalar medidores de radiación, tomar muestras y monitorear el estado del material nuclear que aún se encuentra en las profundidades. En algunas zonas, los niveles de radiación son tan altos que solo pueden permanecer allí durante cuatro minutos, incluso con protecciones especiales. En otras, el acceso está completamente prohibido.

“Aquí todos los científicos sabemos dónde podemos trabajar y dónde no”, explica Doroshenko, confiando en mapas de contaminación detallados que indican las zonas más peligrosas. Estos mapas son el resultado de años de investigación y mediciones precisas, y son esenciales para garantizar la seguridad del equipo.

La investigación de Doroshenko no solo se centra en el monitoreo de la radiación existente. También busca comprender los procesos que ocurren en el combustible nuclear derretido. “Si pudiéramos tomar muestras del reactor destruido, podríamos determinar con precisión su nivel de riesgo nuclear. Pero está bajo una enorme capa de hormigón y el acceso humano es imposible. Por eso realizamos mediciones, para comprender qué procesos ocurren en el combustible nuclear”, explica.

Dentro de Chernóbil: El Hombre que Arriesga su Vida para Evitar Otra Catástrofe

En las profundidades de Chernóbil, también se encuentran formaciones de corio, un material similar a la lava que se forma en el núcleo de un reactor nuclear durante un accidente de fisión. Uno de los residuos más peligrosos es la “pata de elefante”, una masa extremadamente radiactiva que se encuentra en el sótano del reactor 4. Si bien los residuos más letales están contenidos, parte del corio se ha filtrado a otras zonas, lo que exige una vigilancia constante.

Para protegerse de la radiación, Doroshenko y su equipo utilizan varias capas de protecciones y un respirador FFP2 con válvula, que filtra más del 90% de las partículas que respiran. A pesar de los riesgos, Doroshenko describe su experiencia como “un estado eufórico”, aunque aclara que no es tan malo como parece.

“Lo principal es no entrar en pánico, el pánico te lleva a cometer errores”, reflexiona. Esta capacidad de mantener la compostura en situaciones extremas es una característica esencial de su personalidad y una habilidad crucial para su trabajo.

Doroshenko también se esfuerza por desmitificar la planta nuclear de Chernóbil. “A menudo se le demoniza, pero no es tan aterrador como muchos intentan presentarlo. Cuando estás ahí, te das cuenta de que es una estructura creada por el ser humano. Comprendes que este espacio requiere vigilancia y supervisión constantes”.

Al salir de las profundidades, deben pasar por varios puntos de control para descontaminarse. Este proceso es fundamental para minimizar la exposición a la radiación y prevenir la propagación de la contaminación.

“Si personas como nosotros dejamos de bajar ahí se iniciará un proceso incontrolado, y eso es peligroso”, advierte Doroshenko. Su trabajo es, en última instancia, un acto de responsabilidad y un compromiso con la seguridad del planeta.

Por el momento, no tiene planes de retirarse. “Es un trabajo duro”, concluye, “Chernóbil no debe ser olvidado”. La historia de Anatolii Doroshenko es un testimonio de la valentía, la dedicación y la importancia de la ciencia en la prevención de desastres nucleares. Su labor, aunque peligrosa, es esencial para garantizar que la tragedia de Chernóbil no se repita.