El rugido de los motores del Turismo Carretera (TC) resonó con fuerza en una Argentina silenciada por la dictadura militar. Pero más allá de la velocidad y la adrenalina, se libraba una batalla silenciosa por la autonomía y la supervivencia de la categoría más popular del automovilismo nacional. La historia de cómo el TC logró la autofiscalización en 1979 es un relato de coraje, astucia y una profunda pasión por el deporte, una historia que involucró a pilotos, dirigentes y, sorprendentemente, a militares de alto rango.
Octavio Justo Suárez, conocido cariñosamente como “El Gordo”, fue el líder indiscutible de esta revolución. Piloto de Dodge, junto a su hermano Pedro, los “Hermanos Suárez” eran íconos del TC en los años 70 y principios de los 80. Pero su legado trascendió las pistas: Suárez se convirtió en un dirigente implacable, convencido de que el TC merecía un destino propio, lejos de la tutela del Automóvil Club Argentino (ACA). A fines de los 70, la relación entre la ACTC (Asociación de Corredores de Turismo Carretera) y el ACA era tensa. El ACA, con su poder y sus conexiones, amenazaba con asfixiar al TC, considerándolo una categoría demasiado popular y, por lo tanto, potencialmente desafiante.
La situación llegó a un punto crítico a principios de 1979. Tras la última carrera, con el triunfo de Norberto Rossone, se impuso una pausa de tres meses. Para Suárez y sus compañeros, esta era la señal de que el ACA planeaba la desaparición del TC. Fue entonces cuando Suárez tomó la audaz decisión de buscar la autofiscalización: la capacidad de la ACTC de organizarse y regularse por sí misma, sin la intervención del ACA. Pero en plena dictadura, este objetivo parecía inalcanzable.
La estrategia de Suárez fue directa: hablar con el poder. Llegó a encabezar reuniones en el edificio del Estado Mayor Conjunto del Ejército, buscando el apoyo de los militares. El camino no fue fácil. Antes de cualquier diálogo, los militares desconfiaban de las intenciones de Suárez y sus colegas. Un día, un grupo de oficiales lo fue a buscar a su taller en Banfield. La escena, relatada por Cristian Suárez, sobrino de Octavio, es impactante: “Un día vinieron los militares a buscarlo a mi tío, que estaba trabajando en su taller, ya que vivía al lado. Subió con el mameluco y le dijo al militar que estaba a cargo ‘dejame lavar las manos’, y se fue para allá. Estuvieron doce horas. Eso nos lo cuenta mi papá, que mi tío lo llamó y le dijo: ‘Mirá que me están llevando para allá, cualquier cosa estate atento por si quedamos en cana’”.

Suárez, acompañado por Héctor “Laucha” Ríos y Rubén Gil Bicella, fue sometido a un interrogatorio exhaustivo. Los militares sospechaban que detrás de la solicitud de autofiscalización se escondían motivaciones políticas. La tensión era palpable. “En ese momento los militares pensaban que mi tío era un infiltrado y que no era del automovilismo”, recuerda Cristian. La investigación se prolongó durante doce horas, un tiempo interminable en un contexto donde cualquier sospecha podía tener consecuencias graves.
Finalmente, Suárez logró convencer a los militares de que su único objetivo era salvar al TC. Con su estilo directo y su honestidad, les demostró que su pasión por el automovilismo era genuina y que no tenía ninguna conexión con la política. La aprobación para la autofiscalización llegó, pero no fue el final del camino. Suárez tuvo que negociar con el gobernador bonaerense, el General Ibérico Saint-Jean, para obtener permiso para correr en ruta. Saint-Jean, un hombre pragmático, vio en el TC una oportunidad para conectar con la gente y promover el desarrollo de la provincia.
El 20 de mayo de 1979, el TC corrió su primera carrera bajo el régimen de autofiscalización en el Autódromo de Buenos Aires, con apenas nueve autos en la grilla. Héctor Luis Gradassi se alzó con la victoria, marcando el inicio de una nueva era. El camino fue largo y difícil, pero el TC se recuperó y volvió a conquistar su lugar en el corazón de los argentinos. La temporada de 1982 fue un punto de inflexión, con varias carreras en ruta y el campeonato ganado por Jorge Martínez Boero.
La trágica muerte de Octavio Suárez en 1984, durante una carrera en Tandil, dejó una profunda huella en el automovilismo argentino. Pero su legado perdura. Suárez no solo salvó al TC, sino que también sentó las bases para su organización actual. Su historia es un recordatorio de que, incluso en los momentos más oscuros, la pasión, la determinación y el coraje pueden marcar la diferencia. Hoy, el TC sigue vivo, con un promedio de 50/60 autos en cada fecha, y se prepara para celebrar su 90° aniversario, un testimonio de la visión y el sacrificio de Octavio Justo Suárez y sus compañeros.