Sergio Luna, un nombre que quizás no resuene con la misma fuerza que Maradona, pero que para aquellos que vivieron el fútbol argentino de finales de los 70, evoca una imagen de talento puro y una conexión mágica con el Pelusa. Luna fue el primer socio futbolístico de Diego en la selección argentina, un vínculo que se forjó en los entrenamientos previos al Mundial 78 y que dejó una huella imborrable en ambos.
La historia comienza en el predio del Sindicato de Empleados de Comercio, donde la selección juvenil se preparaba para el Sudamericano Sub 20 de 1977. Luna, un joven mediocampista proveniente del interior de Córdoba, recuerda con asombro la primera vez que vio a Maradona. “Apareció en el entrenamiento, con los botines desatados, como si viniera de jugar en la calle. Tiró la pelota para arriba y nosotros nos quedamos admirándolo”, relata Lunita, como lo conocen sus amigos. Ese primer encuentro marcó el inicio de una sociedad que, aunque breve en lo competitivo, fue fundamental en el desarrollo de ambos jugadores.
Argentina no tuvo un buen desempeño en ese Sudamericano, quedando cuarta en su grupo. Sin embargo, para Luna, la experiencia fue invaluable. “Con Diego éramos dos jugadores que armábamos para adelante. Con su capacidad y la mía, estábamos conectados y sabíamos lo que íbamos a hacer”, explica. La afinidad entre ambos trascendía lo futbolístico. Compartían orígenes humildes, una pasión desbordante por el juego y una visión similar del fútbol.
El camino de Luna hacia la selección no fue fácil. Proveniente de Las Parejas, Córdoba, tuvo que superar obstáculos económicos y la falta de oportunidades en los clubes más grandes. Su padre, un futbolista semiprofesional, fue su principal apoyo. “Un día caí para ir a un baile y me dijo: ‘Vos mañana jugás. O te vas de joda o mañana jugás’”, recuerda Luna. Esa disciplina y el sacrificio de su padre fueron clave para su éxito.
Después de probarse en River y Boca, Luna finalmente encontró su lugar en Sportivo Belgrano y luego en Boca Juniors. En 1976, debutó en Primera División y fue convocado a la selección juvenil. Su talento llamó la atención de César Luis Menotti, quien lo recomendó para Huracán o Vélez.

Luna tuvo el privilegio de ser el primer titular con la camiseta número 10 en un partido oficial de Diego Maradona con la selección. En ese partido, disputado en Chascomús, Maradona lució la camiseta número 9. “Lo tomaba con naturalidad. Era un orgullo tener la camiseta número 10 y que Diego usara la 9”, comenta Luna.
La relación entre Maradona y Luna continuó después de su paso por la selección juvenil. Diego le enviaba tarjetas navideñas y de fin de año, e incluso intentó llevarlo a Argentinos Juniors para jugar juntos. “Conversábamos de fútbol. Cuando terminaba cada torneo, me decía: ‘Sergio, nos vemos en la próxima Selección’”, recuerda Luna.
Pero fue en Bolivia donde Luna alcanzó la cima de su carrera. En The Strongest, se convirtió en un ídolo, ganando dos títulos y recibiendo el cariño incondicional de la afición. “Hice el clic cuando fui a Bolivia. Tenía esposa, hijo, empecé a ver la vida de otra manera, y a mis cualidades le agregué entrega, garra”, explica Luna. En Bolivia, Luna encontró un hogar y una identidad.
Su paso por The Strongest quedó inmortalizado en una canción de Marraketa blindada, “A Sergio Oscar Luna”, que se ha convertido en un himno familiar. Además, Luna protagonizó un gesto icónico al pararse sobre la pelota durante un clásico contra Bolívar, un acto que lo consagró como leyenda en el club.
La muerte de Maradona fue un golpe duro para Luna. “Quise verlo cuando estaba en Gimnasia y no me dejaron llegar. No pude ir al velorio. Mis hijos y mi señora, todos fueron. Yo no pude, lo lloré mucho, no entendía que estuviera muerto”, confiesa Luna.
Luna, hoy entrenador, sigue transmitiendo su pasión por el fútbol a las nuevas generaciones. Su historia es un testimonio de perseverancia, humildad y el poder de las conexiones humanas. Es la historia de un socio olvidado de un genio, un hombre que compartió momentos inolvidables con Diego Maradona y que dejó una huella imborrable en el fútbol argentino y boliviano.