El reciente partido entre West Ham y Everton no fue solo un encuentro de fútbol; fue un microcosmos de la crisis que atraviesa el deporte rey. La queja del Everton, tras una decisión arbitral controvertida respaldada por el VAR, ha reabierto un debate que se ha vuelto estructural: ¿estamos mejor con el VAR o sin él? La imagen de Dominic Calvert-Lewin protestando airadamente, la frustración palpable en los rostros de los jugadores del Everton, y el gol en tiempo de descuento de Callum Wilson, que selló una victoria que muchos consideraron injusta, son síntomas de un problema mucho más profundo.
Durante décadas, el error arbitral era una realidad aceptada, aunque lamentada. Se atribuía a la limitación humana, a la velocidad del juego, a la imposibilidad de ver todas las acciones con claridad. “No lo vio” era la explicación recurrente. Pero el VAR prometió cambiar eso. Prometió eliminar la subjetividad, ofrecer una visión más precisa y garantizar la justicia en el campo. Sin embargo, la realidad ha sido muy diferente. El VAR no ha eliminado la polémica; la ha transformado.
La controversia ya no reside en si el árbitro vio o no la falta, sino en cómo interpreta las reglas. La repetición en cámara lenta, que se suponía que aclararía las acciones dudosas, a menudo las distorsiona. ¿Qué es una mano sancionable? ¿Dónde termina un movimiento natural y comienza la infracción? ¿El balón buscó la mano o la mano buscó el balón? Estas preguntas, que deberían tener respuestas claras y unificadas, siguen generando debate y confusión. La inconsistencia es la clave del problema. Una misma acción puede ser sancionada como penal en un partido y ser considerada accidental en otro. Esta arbitrariedad erosiona la credibilidad del sistema y, lo que es aún más grave, pone en tela de juicio la legitimidad de los resultados.
El fútbol puede tolerar el error ocasional, pero no puede tolerar la percepción de injusticia sistemática. Cuando los aficionados sienten que las decisiones arbitrales están influenciadas por factores externos, o que simplemente son arbitrarias, pierden la confianza en el juego. Y esa pérdida de confianza puede tener consecuencias devastadoras para el futuro del deporte.

La FIFA y la International Football Association Board (IFAB) son conscientes de la gravedad de la situación. Han comenzado a implementar medidas para mejorar la transparencia y la coherencia en la aplicación del VAR. Una de las propuestas más discutidas es permitir que los árbitros expliquen sus decisiones en vivo. La idea es que, al escuchar las razones detrás de una decisión controvertida, los aficionados puedan comprender mejor el proceso y aceptar el resultado, incluso si no están de acuerdo con él. Sin embargo, esta medida tiene sus limitaciones. Explicar una decisión no la vuelve correcta. La pedagogía puede calmar los ánimos, pero no corrige los errores. Y sin una coherencia subyacente, toda explicación puede sonar a justificación.
De cara al Mundial 2026, el desafío es aún mayor. El torneo se disputará en un contexto donde la tecnología alcanzará su punto máximo: cámaras en todos los ángulos, fuera de juego semiautomático, sensores en el balón. Pero, a pesar de todos estos avances, la sensación dominante no es de certeza, sino de duda. La paradoja es inevitable: más tecnología, más protocolos y más intervención, pero también, más cuestionamientos. En el fondo, el problema sigue siendo el mismo de siempre, aunque ahora esté rodeado de pantallas: el factor humano.
El italiano Pierluigi Collina, al frente de la Comisión de Árbitros de la FIFA, es un hombre con una reputación intachable. Su experiencia y su conocimiento del juego son indiscutibles. Collina ha dejado claro que el objetivo de la FIFA es unificar criterios y reducir el error al mínimo posible. Pero incluso él reconoce que la tarea es extremadamente difícil. La interpretación de las reglas siempre tendrá un componente subjetivo, y es imposible eliminar por completo la posibilidad de error. La tecnología puede ayudar, pero no puede reemplazar el juicio humano.
El fútbol buscó la justicia en la tecnología, pero en 2026, todo indica que la justicia seguirá dependiendo –como siempre– de quien la interpreta. La clave para resolver la crisis del VAR no está en implementar más tecnología, sino en mejorar la formación de los árbitros, en fomentar la comunicación entre ellos y en establecer criterios claros y unificados para la interpretación de las reglas. El futuro del arbitraje en el fútbol está en juego, y la FIFA tiene la responsabilidad de encontrar una solución que garantice la justicia, la credibilidad y la legitimidad del juego. El balance actual permanece abierto, y el veredicto definitivo, por ahora, continúa pendiente de aprobación. La necesidad de un arbitraje más transparente, consistente y justo es imperativa para preservar la integridad del deporte más popular del mundo.