La sombra de Pablo Escobar sigue proyectándose sobre Colombia, incluso sobre su fauna. Décadas después de la muerte del narcotraficante, el legado de su exótica colección de animales, particularmente los hipopótamos, ha evolucionado de una curiosidad turística a una seria amenaza ecológica y de seguridad. El gobierno colombiano, bajo la administración saliente, ha autorizado un protocolo para la eutanasia de estos animales, una decisión que ha desatado una tormenta de controversia y debate a nivel nacional e internacional.
La historia de los hipopótamos en Colombia es singular. Escobar importó un pequeño grupo de estos animales para su Hacienda Nápoles, un zoológico privado que se convirtió en un símbolo de su poder y riqueza. Tras su muerte en 1993, los hipopótamos quedaron a la deriva, sin un plan de manejo adecuado. Con el tiempo, se reprodujeron rápidamente, aprovechando las condiciones favorables del clima y la abundancia de agua en la región. Hoy en día, se estima que hay alrededor de 169 hipopótamos descendientes de los originales, una población que, según las proyecciones, podría alcanzar las 500 en 2030.
El problema no es solo el tamaño de la población, sino también su impacto en el ecosistema. Los hipopótamos son herbívoros voraces y su presencia está alterando la vegetación ribereña, afectando a especies nativas como el manatí y la tortuga de río. Además, su comportamiento territorial y su tamaño (pueden pesar hasta tres toneladas) los convierten en un peligro potencial para las comunidades locales. Se han registrado incidentes de hipopótamos saliendo del agua y caminando por las calles de Puerto Triunfo, el pueblo más cercano a la Hacienda Nápoles, e incluso cruzando carreteras.
Ante esta situación, el Ministerio de Ambiente, liderado por Irene Vélez, ha firmado un protocolo que establece los lineamientos para el manejo y control de los hipopótamos. El protocolo contempla diversas opciones, incluyendo la esterilización, el traslado a santuarios y zoológicos en otros países, y, como último recurso, la eutanasia. La esterilización, aunque efectiva, es un procedimiento costoso (alrededor de 9.800 dólares por hipopótamo) y conlleva riesgos para los animales. Los intentos de traslado a otros países no han tenido éxito hasta el momento.

La eutanasia, por lo tanto, se presenta como la opción más viable, aunque también la más controvertida. El protocolo establece dos métodos: la eutanasia química, que implica la inyección de un fármaco letal, y la eutanasia física, que se realiza con un disparo de rifle de largo alcance. El protocolo enfatiza que la eutanasia física debe realizarse de manera que se minimice el sufrimiento del animal, apuntando directamente a la cabeza para causar una muerte rápida e irreversible.
La decisión ha provocado una fuerte reacción por parte de activistas por los derechos de los animales. La senadora Andrea Padilla, por ejemplo, ha calificado la medida como una "matanza de criaturas saludables" y ha instado al gobierno a explorar otras alternativas. Los críticos argumentan que los hipopótamos son víctimas de la negligencia estatal y que se deberían haber tomado medidas más tempranas para controlar su población. También señalan que la eutanasia es una solución cruel e inhumana.
El gobierno, por su parte, defiende la medida como una necesidad para proteger el ecosistema y la seguridad de las comunidades locales. Irene Vélez ha advertido que, de no tomar medidas drásticas, la población de hipopótamos seguirá creciendo sin control, causando daños irreparables al medio ambiente. Se ha asignado un presupuesto de 1,7 millones de dólares para implementar el plan de control, que se espera que permita la eutanasia de al menos 80 hipopótamos.
El caso de los hipopótamos de Escobar es un recordatorio de las consecuencias imprevistas de las acciones humanas y de la importancia de una gestión responsable de la fauna silvestre. La decisión de autorizar la eutanasia es un paso difícil, pero que el gobierno considera necesario para evitar una crisis ecológica y de seguridad aún mayor. El debate sobre el futuro de estos animales continuará, pero la realidad es que Colombia se enfrenta a un desafío complejo y urgente.