La ciencia argentina está en terapia intensiva. No es una metáfora dramática, sino una realidad palpable en los laboratorios vacíos, en los científicos que complementan sus ingresos con trabajos informales, y en la creciente ola de profesionales que abandonan el país en busca de un futuro digno. La crisis que atraviesa el sistema científico y tecnológico argentino es, según muchos expertos, la más grave desde el retorno de la democracia, y amenaza con desmantelar décadas de esfuerzo y inversión en investigación y desarrollo.
Los números son contundentes. En apenas dos años de gobierno de Javier Milei, se han perdido 5.701 puestos de trabajo en el sector, lo que equivale a una pérdida alarmante de 7,5 científicos por día. El Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), la columna vertebral de la ciencia argentina, ha visto cómo sus salarios se desploman un 39,9% desde noviembre de 2023, dejando a muchos investigadores por debajo de la línea de pobreza. El gasto público total en ciencia ha caído un 30%, mientras que la inversión en investigación se ha desplomado un 83%.
“Estamos perdiendo toda una generación de jóvenes científicos”, advierte el doctor en bioquímica e investigador Jorge Geffner, quien trabaja en inmunología y en el desarrollo de terapias antitumorales. La situación es desesperada. Manuel, un investigador independiente del Conicet con un sólido historial académico, relata que su salario de 1.9 millones de pesos mensuales (aproximadamente 1.200 dólares) apenas le permite cubrir sus necesidades básicas. “Es una lucha constante para llegar a fin de mes”, confiesa, pidiendo mantener su anonimato.
La precariedad económica obliga a muchos científicos a buscar alternativas para subsistir. Leonardo Amarilla, un genetista que investiga cómo mejorar el rendimiento de cultivos clave como el maní, la soja y el girasol, se ha visto obligado a conducir Uber cuatro horas al día entre semana y seis los fines de semana para complementar sus ingresos. “Trabajo entre 12 y 13 horas al día. Estoy agotado. Esto afecta la calidad de mi investigación y de mi docencia”, lamenta Amarilla, quien antes dedicaba sus noches a leer artículos científicos, ahora las pasa transportando pasajeros.

La falta de recursos no se limita a los salarios. Los investigadores también enfrentan dificultades para acceder a financiamiento para proyectos, libros, congresos y, lo que es aún más grave, para suscribirse a revistas científicas especializadas. “Muchas veces, tenemos que piratear para enterarnos de los avances en nuestro campo de investigación”, confiesa Manuel. La función Ciencia y Técnica proyecta un recorte del 50,8% real en el presupuesto para 2026, lo que representaría apenas el 0,14% del PBI, un mínimo histórico absoluto.
Ante este panorama desolador, la fuga de cerebros se ha convertido en una tendencia irreversible. Chile y Brasil, con políticas de inversión en ciencia más sólidas y salarios más competitivos, se han convertido en imanes para los científicos argentinos. Ana Vivinetto, doctora en neurociencias, había planeado regresar a Argentina para reconstruir su laboratorio, pero la falta de presupuesto y oportunidades la obligó a aceptar una oferta en la Universidad Mayor de Santiago, con un subsidio de 30.000 dólares anuales y apoyo para la mudanza. “La diferencia de presupuesto para hacer ciencia es muy grande”, explica.
El exministro de Ciencia y Tecnología, Daniel Filmus, señala que este desmantelamiento es el resultado de una combinación peligrosa de factores: la influencia de la escuela económica austríaca, que promueve la financiación privada de la ciencia; un neoliberalismo radicalizado que prioriza la especulación financiera sobre el desarrollo científico; y, en el caso argentino, una alianza con sectores oscurantistas que niegan la importancia de la ciencia. “Si continúan con esta política, el deterioro se va a profundizar”, advierte Geffner. La reversión de esta crisis requerirá un cambio radical de políticas y una apuesta decidida por la inversión en ciencia y tecnología, de lo contrario, Argentina corre el riesgo de perder una generación de científicos y de quedar relegada en el escenario científico internacional.
La situación no solo afecta a los científicos, sino a toda la sociedad argentina. La ciencia y la tecnología son motores de desarrollo económico, social y cultural. Sin una inversión adecuada en investigación y desarrollo, Argentina perderá su capacidad de innovar, de competir en el mercado global y de resolver los desafíos del futuro. La crisis científica argentina es, en definitiva, una crisis de futuro.