La exploración espacial, tradicionalmente asociada con la ingeniería aeroespacial y la física, está experimentando una revolución impulsada por la biología. Un equipo de científicos chilenos de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas (FCFM) de la Universidad de Chile está a punto de dar un paso gigante en esta nueva frontera, enviando microorganismos y tecnología de vanguardia al espacio. El próximo 8 de abril, un cohete Falcon 9 de SpaceX despegará desde el Centro Espacial Kennedy en Florida, llevando consigo una carga científica que podría redefinir nuestra comprensión de la vida y su potencial para prosperar en entornos extremos.
Esta misión, financiada por ANID a través del Anillo AD220057, no es simplemente un ejercicio académico. Representa una inversión estratégica en el futuro de la ciencia chilena y su capacidad para contribuir a la exploración espacial global. El contenedor que viajará a la Estación Espacial Internacional (EEI), a unos 400 kilómetros de altura en la órbita terrestre baja, alberga una variedad de experimentos biológicos y tecnológicos diseñados para operar en las desafiantes condiciones de microgravedad y radiación.
El corazón de la misión reside en el estudio de microorganismos chilenos, específicamente aquellos clasificados como extremófilos. Estos organismos extraordinarios han evolucionado para sobrevivir y prosperar en algunos de los entornos más hostiles de la Tierra, como las profundidades marinas, las fuentes termales y, crucialmente, el desierto de Atacama. El desierto de Atacama, uno de los lugares más secos y áridos del planeta, es un análogo ideal de las condiciones que se encuentran en Marte y otros cuerpos celestes. Los microorganismos que habitan este desierto han desarrollado mecanismos únicos para resistir la radiación ultravioleta, la sequía extrema y la escasez de nutrientes.
“Estamos poniendo sistemas biológicos, entre ellos microorganismos, pero principalmente del tipo extremófilo, que son los que viven en zonas extremas”, explica Marcos Díaz, el investigador principal del proyecto. “Estamos estudiando cómo se comportan en el espacio para ver si otras variables que no existen en la Tierra, como la microgravedad, los afectan en estas capacidades que tienen de supervivencia en ambientes hostiles”. La pregunta central que guía esta investigación es si la microgravedad puede alterar la capacidad de estos microorganismos para resistir las condiciones extremas, o incluso potenciarla.

Pero la misión va más allá de la simple supervivencia. Los científicos también están interesados en comprender los mecanismos genéticos que permiten a estos microorganismos prosperar en entornos hostiles. “También planeamos indagar cómo responderán genéticamente y sus diversos mecanismos porque esto podría ayudarnos a que otros seres o microorganismos pudieran adquirir estas capacidades, eventualmente, si es que tuviéramos que estar en el espacio o para mejorar los sistemas de búsqueda de vida”, añade Díaz. Esta investigación podría tener implicaciones profundas para la búsqueda de vida extraterrestre, sugiriendo que la vida podría existir en entornos que antes se consideraban inhabitables.
Además de los microorganismos, el contenedor también transportará musgo, pequeños brotes de vegetales y glóbulos rojos. El estudio del comportamiento de la sangre en microgravedad es crucial para comprender los efectos de los viajes espaciales prolongados en el cuerpo humano y desarrollar contramedidas para proteger la salud de los astronautas. La investigación sobre el musgo y los vegetales podría proporcionar información valiosa sobre el potencial de cultivar alimentos en el espacio, un requisito esencial para las futuras misiones espaciales tripuladas.
La misión también incluye una serie de experimentos tecnológicos destinados a validar el rendimiento de dispositivos chilenos en el entorno espacial. Cámaras infrarrojas y UV, dispositivos láser, fuentes de luz, motores y materiales como el grafeno serán sometidos a pruebas rigurosas en condiciones de microgravedad y radiación. Los resultados de estos experimentos ayudarán a los científicos a mejorar el diseño y la funcionalidad de la tecnología espacial chilena, abriendo nuevas oportunidades para la colaboración internacional y la participación en futuras misiones.
Los experimentos permanecerán en la EEI durante seis meses antes de regresar a la Tierra para su análisis. Los investigadores esperan obtener una gran cantidad de datos que les permitirán comprender mejor la biología espacial, la genética, los materiales avanzados y la instrumentación espacial. Los resultados de esta investigación podrían tener aplicaciones en una amplia gama de campos, desde la medicina y la bioingeniería hasta la agricultura y la minería.
Sin embargo, el éxito de esta misión y el futuro de la ciencia chilena se ven amenazados por los recientes recortes presupuestarios. El Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación anunció la suspensión de las becas de magíster y posgrado en el extranjero durante 2026, una medida que afectará a numerosos científicos y podría frenar el desarrollo de la investigación en el país. “La ciencia e investigación lo que busca es generar desarrollo, conocimiento y experiencia que permita expandir o diversificar la matriz productiva del país, entonces siempre es una mala noticia que se hagan recortes”, lamenta Díaz. “Queremos que quede claro que sí podemos hacer esas cosas en el país, y estos ejercicios y misiones lo que tratan de hacer es mostrar a los tomadores de decisiones que estamos en condiciones de hacerlo y ojalá que no se recorten los presupuestos”. La misión a la EEI es una demostración tangible del potencial de la ciencia chilena, y su éxito podría ser crucial para asegurar el apoyo continuo a la investigación y el desarrollo en el país.