La Bombonera fue escenario de un clásico Boca-Independiente cargado de tensión y, sobre todo, de polémica. El partido, correspondiente a la fecha 14 del Torneo Apertura, dejó una herida abierta en el mundo del fútbol argentino: un penal sancionado a instancias del VAR que ha encendido el debate sobre la correcta aplicación del reglamento y el rol de la tecnología en el deporte.
El incidente ocurrió en el tiempo adicional del primer tiempo, cuando Independiente se adelantaba en el marcador por 1-0. Alan Velasco, delantero de Boca, cayó dentro del área tras un contacto con Sebastián Valdez, defensor de Independiente. La reacción inicial del árbitro, Andrés Merlos, fue la de no sancionar penal, considerando que el contacto era leve y no constituía una falta clara. Sin embargo, la insistencia de los jugadores de Boca y la posterior revisión en el monitor por parte de Merlos, a instancias de Lucas Novelli, el VAR, cambiaron el curso del partido.
Tras una larga y minuciosa revisión, Merlos señaló la pena máxima, que fue convertida por Milton Giménez, empatando el encuentro. La decisión desató la furia del entrenador de Independiente, Gustavo Quinteros, quien fue expulsado del campo de juego tras vehementes protestas. Pero más allá del resultado deportivo, la jugada puso en el centro de la discusión el funcionamiento del VAR y su impacto en la integridad del juego.
El análisis técnico de la jugada, realizado por expertos en arbitraje, es contundente: no existió falta. Velasco, en lugar de ser un sujeto pasivo, cambió deliberadamente su trayectoria para generar el contacto con Valdez, quien en todo momento mantuvo una postura natural y no cometió ninguna acción sancionable. El leve roce que se produjo es inherente a la dinámica del juego y no justifica la sanción de un penal.

Las directrices de la International Football Association Board (IFAB) son claras al respecto: para que se sancione un penal, el defensor debe incurrir en una conducta imprudente, temeraria o usar fuerza excesiva. En este caso, ninguna de estas condiciones se cumplió. La caída de Velasco, según el análisis, fue una exageración desproporcionada respecto a la intensidad del contacto, buscando simular una falta que no existió.
La intervención del VAR, lejos de aportar claridad, introdujo un factor adicional de complejidad. La decisión original del árbitro, basada en su ubicación privilegiada en el campo y su lectura en tiempo real de la jugada, era la correcta. La revisión en el monitor, en este caso, no aportó elementos nuevos que justificaran la modificación de la decisión inicial.
Este incidente no es aislado. En los últimos tiempos, el VAR ha sido objeto de críticas por su excesiva intervención en jugadas marginales, generando dudas y controversias que afectan la credibilidad del arbitraje. La tecnología, concebida para eliminar errores graves, a menudo se utiliza para sobreinterpretar contactos mínimos y sancionar faltas que no lo son.
La preocupación es que la intervención del VAR en jugadas como esta pueda distorsionar la percepción pública, generar la expectativa infundada de que “si lo llaman, algo hubo” e invitar a la sobreinterpretación de contactos mínimos. Además, se afecta el criterio central del sistema: solo corregir errores claros y manifiestos.
En definitiva, el penal sancionado a Boca en el clásico contra Independiente es un claro ejemplo de cómo el VAR puede generar más confusión que claridad. La decisión de mantener la no sanción original habría sido la correcta desde el punto de vista técnico, respetando el reglamento y la dinámica natural del juego. El uso de la tecnología, en este caso, lejos de aportar valor, incrementó la sensación de ambigüedad sobre un hecho que, por sus características, había sido resuelto adecuadamente sin necesidad de intervención externa. Este incidente exige una reflexión profunda sobre el rol del VAR y la necesidad de establecer criterios más claros y precisos para su aplicación, evitando que la tecnología se convierta en un factor de distorsión en el fútbol.